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Alapryles y Diablitos

Contactos con tacto

Aunque no soy una forofa de los programas de mensajería instantánea (está bien, llamemos a las cosas por su nombre: cada vez odio más el Messenger), tengo que reconocer que lo uso. Al principio, cosas de mi desorden neuronal, tenía todos los contactos ahí, apiñados, como los tertulianos de aquel programa de la tele local. Pero a medida que fue aumentando la cantidad de agregados, surgió también la necesidad de organizarlos, porque aquello era un sindiós. Una persona normal habría usado las categorías existentes en el programa: amigos, familia, compañeros de trabajo, pero yo no pude y los clasifiqué por el grado de agresión visual o intelectual al que me sometían sus nicks, para así gestionarlos mejor, en función de mi variable estado de ánimo.

Están los que te cuentan su vida, tipo "¡por fin acabé la carrera!", "paseando al perro", "qué finde tan total" y así. No se dan cuenta de que si  uno quisiera saber, le preguntaría y ya. También están los idiotizados por el amor, que les encanta pregonar a los cuatro vientos lo felices que están con su relación, incluso suelen acompañar las frases edulcoradas tipo "y zarpé de tus manos rumbo al cielo" con la fecha en la que empezaron el idilio. Luego los resentidos, los que incluyen en su nick una indirecta-directa a alguien con quien han tenido algún encontronazo: "Agua que no has de beber, déjala correr", "vete de mi vida, pringado"... Aquí podemos encontrar una subcategoría, muy interesante de analizar: los resentidos superados: "los errores no se eligen", "más feliz que nunca", "ahora estoy en mi momento". Parece que a éstos últimos les echaron en el agua unas gotitas de autoconvencimiento, como hormonas a los pollos.

Y por último, los mejores de todos. Los que adornan su nombre con floripondios, y usan letras de colores degradados. Son esa clase de gente a la que uno se imagina en un coche tuneado, con reaggetón a todo volumen y el zapatito del ahijado colgando del espejo retrovisor. A estos, directamente, los coloco en mi categoría favorita, la que mejor encaja en mi carácter: la de los no admitidos.

No se lo tomen en serio

A ver si nos vamos enterando: los refranes  y las frases hechas están muy bien para usarlos en el momento oportuno. Es la manera en la que los cortos de reflejos y los de pensamiento lento podemos demostrar un poquito de ingenio de vez en cuando, por eso yo misma tengo un extenso repertorio, heredado de mis abuelos, y hago uso de él en cuanto tengo oportunidad. Aparte de hacernos parecer ingeniosos, nos libera del enorme yugo que supone tener que construir una frase entera como respuesta en una conversación que nos está produciendo un tedio absoluto. Pero no hay que pensar que lo que dicen sea cierto. No es verdad, por ejemplo, eso de que lo que no te mata te hace más fuerte, o lo de que lo que no mata engorda y en la barriga no estorba. Un macetazo en la cabeza puede no matarte, pero de ahí a hacerte más fuerte... igual te deja más lelo que al tonto de mi pueblo; de la misma manera que un vaso de agua de un grifo de una calle de El Cairo puede no matarte, aunque engordar, lo que se dice engordar, no creo que te haga engordar mucho una gastroenteritis de esas que te dejan pensando por qué agujero vas a empezar a perder tu dignidad. ¿Y que me dicen de esa que dice: "el niño que nace barrigón, ni aunque lo fajen de chico"? Usada metafóricamente tiene un pase, pero qué quieren que les diga, literalmente me parece hasta un poco fascistoide.

Lo que quiero decir con todo esto, lectores, es que las cosas casi nunca hay que tomárselas al pie de la letra. Las palabras existen para jugar con ellas, y detrás de una palabra desagradable puede existir una muestra del más profundo afecto, lo mismo que detrás de un texto cargado de mala leche, de generalizaciones y de estereotipos puede haber un intento, más o menos eficaz, de reírse del mundo. Sólo hay que saber verlo de la manera apropiada.

Y termino aquí la columna de esta semana, porque lo breve, si bueno, dos veces breve. ¿O era al revés?

Qué ojo...

Tengo la tele encendida mientras no-trabajo delante del ordenador. Oigo: "Kinder Joy patrocina Hospital Central" y no puedo evitar una sonrisa. Detrás de ese absurdo seguro que hay un planificador de medios descojonándose del mundo...

Aviso:

Es peligroso poner el iPod con la reproducción aleatoria activada porque, de repente, puede salir la canción que menos te esperabas, la que menos necesitas. Y te jode el día.

A mí no me gusta nada, (pero nadanada) Marlango

Ya llegué.

Pues eso. Ya pondré una (o más) entradas al respecto.

Schadenfreude

Schadenfreude es una palabra alemana sin traducción al español que quiere decir algo así como “alegría por la desgracia ajena” (fíjense qué eficientes, los guiris, que dicen todo eso con sólo una palabra. Impronunciable, eso sí, pero una, a fin de cuentas). No hay que confundirla con la envidia, que es el sufrimiento ante la felicidad ajena, y que vendría a ser casi lo contrario.

El otro día, en el lugar donde estaba cuando se mencionó ese sentimiento, hubo un murmullo de horror, de desaprobación, como si todos fueran angelitos del cielo, como si nadie hubiera sentido schadenfreude en la vida. ¡Ja! Cuando alguien se cae a mucha gente le hace gracia, otra cosa es que se esfuercen en contener la carcajada, más que nada por si el golpe no ha inutilizado del todo al individuo y aún le quedan fuerzas para levantarse y meternos un viaje. La mayoría del humor se basa en desgracias ajenas, y aún en las propias, Pero, hablando más personalmente, yo, por ejemplo, me sentiría más feliz de lo que ya soy si mi vecina un día pisara con sus sandalias una de las enormes deposiciones que su perro deja en la acera y que ella jamás recoge.

Igual yo soy un poco peor persona que los que murmuraron en esa ocasión, porque reconozco haberle deseado cosas jodidas a gente con la que en algún momento tuve algún encontronazo. Por ejemplo, una vez que me dieron calabazas y que el susodicho me llamó, meses más tarde (¡a mí!) para contarme que una chica lo había mandado a freír bogas (¡a él!). En ese momento llegué al borde de la felicidad, lo juro. Experimenté el schadenfreude más grande de mi vida, una ristra de schadenfreudes, y la pueril sensación de que el Universo entero estaba de mi lado.

Realmente la envidia es un sentimiento horrible, que no le deseo a nadie, aunque me haga sentir el schadenfraude más maravilloso del mundo, pero este sentimiento, digan lo que digan, es una maravilla, un placer sublime que todos hemos sentido alguna vez, aunque no muchos se atrevan a reconocerlo.

El que esté libre de Schadenfreude que tire la primera piedra.

La edad es un grado

 

Penélope, la de Serrat, no la Cruz, siempre me ha parecido una de las canciones más sobrevaloradas de la historia de la música en español. La otra también me parece una actriz sobrevalorada, pero eso lo dejamos para otro día.

Como les decía, Penélope me resulta cursi y relamida hasta la extenuación, es una de las pocas canciones del Nano que quito inmediatamente si llega a sonar por casualidad. Es cierto que esa melodía almibarada no acabó de gustarme nunca, pero lo que termina de rematarla es la letra y ese fallido homenaje a la Penélope de verdad, la de Ulises, que esa sí que las pasó canutas, esperando al marido ("no, querida, si es un ratito. Si con estos troyanos acabamos en un pispás. Y te juro por nuestro hijo que desde que termine me vengo para casa como un tiro, nada de entretenerme por ahí con Menelao de cañas, y mucho menos con Aquiles y Patroclo, que para mi gusto son medio raritos"). La otra se queda sentada en un banco en la estación, durante cuarenta años o así, como una simplona, en vez de esperar en su casa, que seguro que estaba más cómoda. Y cuando llega el maromo se nos pone tiquismiquis, la muy chiflada, y dice que nanay, que está demasiado viejo, y que ella así no lo quiere, con esas canas y esa barriga y eso, que ella lo que quiere es al veinteañero lampiño que se fue un día, (cómo no se iba a ir, viendo como andaba de la cabeza la buena mujer). Total, que después de todo ese tiempo esperando, cogió su bolso de piel marrón, y su bikini de rayas y se fue por fin a su casa a regar las flores del jardín y a darle de comer a los gatos (seguro que tenía trece, por lo menos). Y los muchachos del barrio la llamaban loca, y unos hombres vestidos de blanco le dijeron: "ven"... Sí, ya sé que esa canción es de Perales, y que la cantaban los de Mocedades, pero yo creo que hablaban de la misma pirada.

El caso es que volví a acordarme de esa canción el otro día, en el estreno de Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal. Indy volvió y como en la canción, no era así su cara ni su piel, pero a mí ni falta que me importa. Para criticarlo ya hay por ahí más de una Penélope insatisfecha, en forma de friki fundamentalista, que reniega del campeón como si por ellos no hubiera pasado el tiempo. Cogerán también su bolso, se irán a su casa, y seguramente cambiarán al Doctor Jones por un Jack o un Sawyer de Lost cualquiera.

Desagradecidos.

Cerrado por vacaciones...

...hasta el domingo o así. Que lo mismo no, porque se estampa el avión, o porque me retienen en el aeropuerto porque mi país deja de existir y tengo que vivir ahí durante un par de años, como Tom Hanks en "La Terminal"; o porque me encuentro con Viggo Mortensen y se enamora terriblemente de mí (y yo no le digo que a Angie le gusta también, porque igual la prefiere a ella, aunque no creo) y nos vamos a vivir a una casa en el campo donde no haya Internet, ni gente que repite las cosas doscientas veces, ni viejas chismosas que gritan; o porque me quedo a formar parte del elenco de un musical cuyo tema principal es "El show de perro salchicha" (busquen en youtube y escuchen la letra, que es mi canción preferida), en cuyo caso mi jefita me tendría que mandar a Cholo por mensajería, porque es parte indispensable de la actuación.

Si nada de esto ocurre, nos vemos por aquí el domingo.

Pd: este post es para mis lectores habituales de los viernes, que, como las meigas, haberlos háylos, y lo mismo no pueden soportar el duro golpe que supone pasar un fin de semana sin la actualización correspondiente del mejor blog que jamás haya existido. Y me voy a dormir, que estoy cansada. El trabajo de pensar que una es estupenda también resulta agotador, ¿qué se creían?

Buenos propósitos

Hoy me dijo una amiga mía por teléfono que últimamente lo que sabe de mí lo sabe por mi blog, que no nos vemos nunca ni nada. Esto no puede seguir así. Mis amigos cada vez saben menos de mí y ese comentario de mi amiga me dejó un poso de angustia y de culpabilidad por abandonar así mi vida social. Tendré que actualizar el blog más a menudo ;-)

Vida Tinta.

Bien saben los habituales de Alapryles y diablitos que no somos dados a hacer recomendaciones culturales. Que no gustamos mucho de leer, porque dicen que eso aumenta el tamaño del cráneo y produce desgaste en la retina y cierta tendencia a que el individuo pueda llegar, en un momento determinado, a plantearse cosas por sí mismo, con el peligro social que eso conlleva. Y a nosotros podrán llamarnos lo que quieran, pero alborotadores y subversivos... hasta ahí podíamos llegar.

Pero hoy vamos a hacer una excepción. Hemos hecho el descubrimiento literario del año, señores, y queremos compartirlo con todos nuestros lectores (con los tres). Vida Tinta (Ed. Almuzara), de María Hernández Martí, es una novela a relatos (sí, qué pasa, me acabo de inventar un género. ¿Qué van a hacer? ¿Detenerme?) que no tiene desperdicio, por su manera de observar y retratar el MundoRealTM, por su exquisito humor, por su preciso uso del lenguaje y por un montón de cosas más que ya descubrirán ustedes cuando lo lean (sé que siguen mis recomendaciones como dogmas de fe).

Mientras lo traen en su librería habitual, pueden ir abriendo boca en su blog Tinta de Lagarta.

De nada.

Una tarde en el circo.

Si a una persona no le gustan, por decir algo, el bubango, la calabaza, los berros ni las espinacas, sería de locos pensar que le gustara el potaje de verduras. A mí no me gustan los payasos, no suelen hacerme gracia; me dan una pena terrible los caballitos pony (como en la canción de Hidrogenesse: "...no hay nada más triste que los caballitos pony") cuya misión en la vida se reduce a dar vueltas sincronizados con una señora llena de plumas alrededor de una pista; no soporto la idea de pensar que los tigres y los leones (¿por qué llamarán al león "rey de la selva"? ¿Alguien sabe de una selva en la que vivan leones? ¿No vivían en la sabana?) pasan el ratito que no están saltando a través de un aro de fuego metidos en una jaula minúscula; me estresa pensar que el trapecista y el equilibrista pueden partirse hasta los ojos al más mínimo despiste y que uno de los leones de antes, por venganza, o por despiste, cierre la boca cuando el domador de turno tenga metida su cabeza allí dentro, entre tanto diente. Pues bien. Como yo soy una mujer de contradicciones, si pienso en todos estos elementos por separado me entra una cierta angustia, una mezcla de miedo, tedio y repelús, una sensación que no sé muy bien cómo describir. Pero dénmelos todos mezclados y alucino. Me encanta el circo, me intriga ese halo cuasi místico que rodea a sus gentes, ese espíritu de titiriteros (cómicos: duermen vestidos, viven desnudos, beben la vida a tragos, que decía Víctor Manuel). Vuelvo a los cinco años, no a la tarde en que mi padre me llevó conocer el hielo (perdón por la referencia facilona), sino a la tarde en que mis tíos, hartos de cuidarnos y sin saber qué hacer con los cuatro mocosos, nos metieron en la carpa a cantar con Teresa Rabal y a partirnos de risa con los payasos. No sé bien qué ocurrió aquella tarde, pero lo cierto es que cada vez que tengo "el mayor espectáculo del mundo" cerca de mi casa no puedo resistir la tentación y me siento en la butaca con la misma emoción que entonces.  Suerte que casi siempre he tenido a mano al hijo de algún amigo para disimular, y lo uso como excusa: "Nah, no te preocupes, me dejas a mí a la niña esta tarde, yo me la llevo al circo y así tienen ustedes un ratito libre". Este año no sé a quién le tocará, supongo que a Silvia. Ojalá dentro de unos años la enana recuerde la tarde de circo con el mismo cariño que la recuerdo yo ahora.

Con los cuchillos en alto

En los últimos días los fogones están en pie de guerra por las declaraciones que Santi Santamaría ha hecho en contra de las técnicas, procedimientos, ingredientes y la pretensión de alguno de sus afamados compañeros. Pero de lo que quiero hablarles esta semana no es de si prefiero la cocina tradicional, la de toda la vida, o la innovadora, esa de deconstrucciones de espuma de aire volatilizado, aunque el que vea mi panza y conozca de las carencias de mi bolsillo sabrá enseguida por cuál me decanto.

Las palabras del cocinero levantaron ampollas no sólo en los aludidos, con toda la razón, además, porque los acusaba prácticamente de envenenar al personal con sustancias químicas que ni ellos mismos comerían. Todo el mundo ha salido ahora en defensa de las bondades de la nueva cocina española, de los grandes chef televisivos y de sus estrellas Michelin (me sigue resultando extraño que una distinción gastronómica tenga nombre de neumático, y también que el máximo galardón del cine español tenga nombre de pintor. En fin). Pero yo admiro el valor de Santamaría. No sus formas, claro está, ni el momento que escogió para hacer público lo que pensaba, ni haberse defendido atacando. Eso no. Lo que admiro es la valentía de decir algo que la mayoría piensa, pero nadie se atreve a decir. ¿Cuántas veces han querido gritar a los cuatro vientos que esa persona tan buena, tan simpática y que a todos cae bien a ustedes les parece la encarnación de la imbecilidad? ¿Cuántas que preferían dormirse con el Tomate que con el festival de festines y sexo de los leones de la 2 (aunque dicho así me dan ganas de ponerme un documental)? ¿Quién no ha querido hacer público que hay un político maduro y de derechas que le parece el hombre más guapo y sexy de las islas? Vale, quizás esto último sólo me pase a mí, pero ustedes entienden el concepto de lo que les quiero decir. Que los gustos no pueden estar establecidos por decreto, que no debemos consumir, leer, ver lo que todo el mundo ha asumido que "es bueno" consumir, leer o ver. Que por mucho que los snobs se empeñen en verle pieles, oros y diamantes, el emperador está desnudo, carajo.

 

Ah, y si de verdad quieren leer cosas de gastronomía buena-buena, y de rock&roll y de todo, vean entremesas, el blog de Antonio F. de la Gándara, que él sí que sabe de estas cosas. Mola.

Los grandes rockeros nunca mueren

Parece que está de moda ese rollo revival o como se llame, y todos los viejos grupos (véase Police, o si quieren algo más castizo, Hombres G, o Modestia Aparte, ah, y Ataúd Vacante, cómo no) se están juntando de nuevo para hacerse sus giras y ganarse sus perrillas.

Mi padre, para no ser menos, ha vuelto también al mundo de la cantinela canción, y el fin de semana pasado nos volvió a deleitar con sus grandes éxitos de hoy y de siempre: "Sácate el carnet de una puñetera vez", "Cada vez vienes menos por casa (y cuando vienes no paras aquí)" y como no, su gran hit "A ver cuándo terminas la carrera y te pones a trabajar", esta última por cortesía de Vivoenunmundoparaleloynomeenterodenada Records.

No lo busquen en el Emule, que no está.

Grandes conversaciones

Señor que trabaja en fred Olsen: Hola.

Cuinpar: Qué hay.

SQTEFO: Sólo por curiosidad, ¿qué llevas ahí?

C: Metafóricamente, comida.

SQTEFO: ¿Y literalmente?

C: Dos gallinas.

SQTEFO: ...

Y después de esta conversación, nuestras nuevas inquilinas se sintieron con la libertad suficiente para ponerse a cacarear a todo pulmón. A ver si se llevan bien con la Gallina Cristina, la superviviente.

Rincón del friki

La sombra de la televisión es alargada. La sombra del difunto Aquí hay tomate y de Hormigas blancas es más alargada todavía. Tanto, que ya se hace notar hasta en la NASA. Sí, como lo oyen. Jorge Javier Vázquez era capaz de pasarse tres semanas anunciando lo que, según él, iba a ser "la noticia que revolucionara el mundo del corazón", un hecho que cambiaría la vida de fulanito o de menganita por completo. Tanta intriga conseguía que la portera que llevo dentro se revolucionara y contara las horas que faltaban para que se desvelara el misterio, que lo mismo podía ser un hijo secreto del Pescaílla que un esguince retinal de Marujita Díaz. Pero bueno, a lo que iba. Que la NASA nos ha tenido una semana en vilo esperando una rueda de prensa en la que se anunciaría el descubrimiento de un objeto en nuestra galaxia. Total, se pasaron siete días haciendo el anuncio de un anuncio, y los frikis de Internet especulando sobre vida extraterrestre, agujeros negros, agujeros de gusano y qué se yo.

Yo estaba ilusionada con lo de los agujeros de gusano y la posibilidad de viajar en el tiempo,  no lo voy a negar. Pero de repente, una anotación en la página web Microsiervos me hizo ver la luz: ¿Y si se tratara de la prueba definitiva para asentar la teoría de las supercuerdas? Esta teoría, simplificándola y expresándola de una manera que hasta los de letras la podamos entender, pretende ser una teoría del todo, que intenta explicarlo unificando las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza. Para ello, se define el Universo formado por multitud de cuerdas vibrantes de manera que todo estaría unido entre sí o algo por el estilo. Bueno, todo menos algunos pueblos del Oeste de Gran Canaria, concretamente el mío, pero eso no viene al caso.

Igual no entienden mi emoción, pero si les digo que para mí, la física de segundo de BUP es lo peor que me ha ocurrido en la vida, que donde todo el mundo veía vectores yo veía rayas, y que nunca entendí a quién carajo le importaba lo que tardaba un caracol en subir por un palo o en qué punto se encontraban los malditos trenes de RENFE, me comprenderán mejor. En esos momentos yo ya había oído hablar de la súper teoría (de aquella manera, claro) y mis oraciones nocturnas estaban dedicadas única y exclusivamente a que la formularan de una santa vez y que me permitieran responder a todas las preguntas del examen con una misma respuesta: "Eso es por las supercuerdas".

Pero una vez más, mi gozo en un pozo. Lo que han captado es la explosión más reciente de una supernova en la vía Láctea. Que no les niego que sea bonita y emocionante, pero que poco va a ayudar a los estudiantes de secundaria con los problemas de trenes y caracoles.

Algunos funcionarios buenos

A veces se habla de los oficinistas y los funcionarios como gente muy gris. No suelen tener rasgos que los definan, no parecen pertenecer a ninguna tribu urbana, casi se diría que forman ellos solos una de estas tribus. La culpa es de los bares que abren a las seis y media de la mañana y que le dan el primer café del día a los que, inmediatamente van a encerrarse en su oficina.

Póngase en situación, querido lector. Imagínese que se levanta usted a las seis de la mañana, se ducha, se toma su café, hace lo que quiera que sea que hace antes de salir, y antes de llegar a su trabajo, que igual le gusta, igual no, se mete en el bar de la esquina a matar esos diez minutos que se ahorró porque le levantó el aparcamiento a uno menos espabilado que usted (no hay que olvidar que en el fondo somos españoles, y lo de regalarle minutos al jefe no forma parte de nuestra idiosincrasia).

Allí, unos cuantos oficinistas como usted, están enfrascados en una discusión que le parece imposible para esas horas. Política o economía, qué más da: si lo que quiere es sentirse incluido, le bastará con proponer un par de soluciones, a cual más descabellada, para la crisis económica, que ya ni siquiera nos va a dejar engañar la barriga con arroz, porque está por las nubes; o con despotricar un ratito del Gobierno, del que toque, eso da igual. Lo importante es gesticular mucho, y resoplar. Para colmo, el camarero (creo que lo hacen adrede) tendrá enchufadas las noticias de por la mañana, las peores de todo el día, y si ve que la discusión baja de tono, se encarga de subir el volumen en el momento más oportuno. Así se van todos con su dosis diaria de cabreo, a poner malas caras detrás de una ventanilla, a mandarte a volver al día siguiente porque te faltó la firma de tu tío abuelo en el impreso 31/C o a ponerte el sello de DENEGADO con un placer que a los no-funcionarios nos estará negado de por vida. Todo eso por culpa del mal rollo que se genera en los bares de desayuno.

Pero ojo. No en todos. No sé dónde desayunarán los funcionarios que se encargan de hacer el DNI en las oficinas de La Laguna, pero a juzgar por su amabilidad, su buen humor y su eficiencia, sospecho que en un lugar muy tranquilo, donde en vez de las noticias les ponen dibujos animados y donde el camarero les disculpa ese pequeño despiste con las monedas con una sonrisa en la cara.

A usted, lector: créame, sé de lo que hablo. Y a ustedes, funcionarios de la oficina de La Laguna, muchas gracias.

"Se llega virgen a todos los acontecimientos de la vida".

Eso decía Marguerite Yourcenar. Ayer hice la primera entrevista de mi vida (quizás la última). El caso es que mi amigo Santiago me lió y allá que me lancé, a hacerle unas preguntillas a Josep María Martín Saurí, el dibujante de "La Odisea".

Al final no resultó tan difícil como pensaba, gracias sobre todo a que Martín Saurí es un tipo excepcional. Un señor de casi dos metros que, viendo el tembleque en mi voz se lanzó a contarme todo lo que yo quería saber, y que viendo cómo se me iba el ojo a sus dibujos, se lanzó a dibujarme una lámina de Penélope y Odiseo. Total, que me fui para mi casa más contenta que unas pascuas.

La pregunta del año.

"Y esta gente, ¿ya comió o comen después?"

(En referencia a los presentadores del telediario de las 2. Ni al Luisma el de Aída se le habría ocurrido una pregunta así).

Saque la Gillette de su vida.

Hay cosas que no tolero, personas que despiertan lo peor de mí, películas y series que nunca voy a entender cómo le gustan al resto, grupos que me resultan insoportables. Cada vez que alguien menciona algo de todo esto me hierve la sangre, una llama se enciende dentro de mí y empiezo a despotricar, como si a alguien le importara realmente mi opinión, como si tuviera que hacerme escuchar por encima de todas las cosas y fuera a iluminar a la humanidad con mis observaciones. Algunas cosas de las que no me canso de hablar mal son la Fórmula 1, Anatomía de Grey, Maná, La Oreja de Van Gogh en general y su ex cantante en particular, la gente que pone mala cara a la comida, Supermodelo, los que aparcan en los pasos de peatones, el culo de Jennifer López, los complementos dorados o plateados, las sardinas, los libros de autoayuda y ciertos idearios políticos, en los que no voy a entrar ahora  más que nada porque esta es una columnilla frívola, y así quiero que siga.

En los últimos tiempos, a esta lista, ya lo suficientemente extensa gracias a mi carácter de porquería, se le ha unido, casi sin darme cuenta, un nuevo elemento: los hombres depilados. He intentado obviar el tema, no convertirlo en parte de las cosas que me sublevan, pero es superior a mí. De verdad, ¿no se han dado cuenta de que el camino correcto era el contrario? Es decir, lo fácil habría sido que se aceptara naturalmente que las mujeres abandonáramos esa tortura de hojillas, ceras dolorosísimas y cremas depilatorias y dejar que la naturaleza sabiamente siguiera su frondoso curso, aunque dicho así hasta a mí me da grima. Pero no. Alguien, de un día para otro, se inventó la metrosexualidad y nos la coló. Con el rollo de que a las mujeres nos van los sensibles, mezclaron churras con espumas de afeitar y ahora van por ahí de un lampiño que no sabe una si invitarlos a una caña o acompañarlos al instituto a buscar las notas. Y así no se puede. 

Madre no hay más que una.

Hay una ley universal: cuanto más petardo es el niño, más habla la madre de sus monerías. Parece como si la oxitocina se instalara permanentemente en sus cerebros de madre y las trasladara a un universo paralelo en el que su criatura no tiene una nariz horrenda, sino un perfil griego; una dimensión en la que ese niño odioso que le pega patadas a los perros es "un niño alegre, tan activo..."; un mundo ideal en el que la kinki de quince años es una adolescente rebelde, que, como decía Manolo Vieira, "no es mala, pero tiene eso...".

Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver, pero sí lo hay: el ciego que quiere dejarnos tuertos a los demás, el que, a fuerza de buena voluntad (es la única explicación que le veo) ha llegado al grado máximo de inconciencia  y de evasión de la realidad.

Todo esto viene porque el otro día pasé un momento de esos que no le deseo a nadie. ¿Conocen esa sensación de desasosiego cuando hablan con alguien a quien no pueden confesarle algo que le será de gran utilidad? ¿No se han sentido nunca un poco miserables por no poder decir lo que saben con certeza, por no poder sacar al otro del error, por ser incapaces de pronunciar las palabras que lo hagan aterrizar en el mundo real? Yo sí. El otro día, sin ir más lejos, una señora me contaba las excelencias de su hijo: que si era un as de los ordenadores, que podía hacer cualquier cosa y se pasaba media noche trabajando en el PC; que los idiomas se le daban muy bien, que andaba subtitulando series y películas en inglés por ahí, y que ahora le había dado por estudiar japonés, pero que lo que más le gustaba de todo era la Historia, que podía pasarse horas hablando de mitología, de dragones, elfos, trolls y todo eso.

Y yo no pude hacer otra cosa que escucharla y felicitarla por el hijo tan estudioso, tan listo y tan mañoso que tenía, aunque lo que el cuerpo me pedía era decirle: "Señora, ¿sabe usted en qué momento de la Historia poblaron la tierra los trolls, los dragones y los elfos? ¿A que no? Desengáñese. Igual su hijo se convierte en un Schilemann, o en un Bill Gates, o en un Antonio Gasset, pero de momento, lo que tiene usted en su casa es un friki como un día de fiesta".

Por cierto, mi madre decía (sic) que yo era muy lista. Pobrecita.