Lunes musicales
Sin palabras. Compartan mi sentimiento, por compasión. Oigan
Sin palabras. Compartan mi sentimiento, por compasión. Oigan
Un poquito más tarde de lo habitual, es cierto, pero es que estoy de vacaciones. Se siente...
Disfruten :-)
Queridos míos,
igual debería haber esperado al lunes para regalarles este descubrimiento musical, pero es tan, tan increíble y maravilloso que no pude resistir la tentación de compartirlo ipsofactamente con todos ustedes. Pinchen aquí ya!
PD. Ayer me dijeron que me paso todo el día conectada mirando tonterías en Internet, y quizás esta no sea la mejor manera de argumentar lo contrario. Qué se le va a hacer...
No sé si habrán observado que de un tiempo a esta parte, parece haber más conductores despistados de la cuenta. Igual es sólo una percepción mía, que me vuelvo obsesiva cuando algo me indigna (debe ser un trauma de infancia), pero últimamente he notado que la cantidad de coches que circulan durante el día con las luces encendidas ha aumentado y me hiere en el alma que se deba a la campaña de Antena 3 "Ponle freno". Particularmente, me aterra comprobar que todavía hay gente que ve ese canal, pero eso es algo muy personal mío, soy así de snob. Pero lo verdaderamente irritante es que los diseñadores de la campaña no se hayan parado a pensar en la irresponsabilidad de recomendar el uso indiscriminado de las luces así, por las buenas, sin un estudio que lo avale, sin una ley que lo haga oficial, que haya valorado los pros y los contras del asunto. Encima, lo reconocen: "igual se consume un poquito más...", y se quedan tan anchos. ¿Han oído hablar de la crisis energética, manada de cenutrios? ¿Saben que hay gente trabajando de verdad para adoptar medidas de ahorro de energía? Si lo que me van a contestar es que más vale ahorrar vidas que energía, no se gasten, que yo lo he consultado y, en esos países en los que esta medida es obligatoria, no redujo ni media las muertes en carretera.
Por otro lado, me incomoda toda esa gente que hace las cosas "porque salió por el televisor" (sic). Son el tipo de gente que cree a pies juntillas que si se sientan en una butaca de cine sin mirar se van a pinchar con una jeringuilla infectada de VIH que alguien dejó ahí sólo para cagarles la vida; los que afirman, a voz en grito, y en público, que el hombre nunca ha pisado la luna, que todo es un montaje de los americanos; los que juran que la Coca-Cola se hace con una fórmula secreta que sólo conocen dos personas que nunca viajan juntas en el mismo avión. Los que creen, en definitiva, que si lo dice la tele, o Internet, es que es cierto.
Pero no los voy a engañar. Lo que me revienta de todo esto es que, si la cosa prospera, voy a tener que dejar de hacer ese gesto que me gusta tanto, ese que consiste en juntar rítmicamente el pulgar con los otros dedos, como si estuviera bailando "Los Pajaritos", para avisar al conductor de que lleva las luces puestas. Eso, o cambiar su significado a: "lo siento, yo no veo Antena 3".
Una de las cosas que me salva de ser identificada en el mundo real como un planeta completamente definido dentro del universo friki, y hace que me quede como un mero satélite, es que a mí, a diferencia de los más fundamentalistas, me gusta el deporte. Pero no, no se alarmen ni dejen de leer esta columna, pensando que traiciono sus principios. No me gustan los deportes que exijan el más mínimo esfuerzo por mi parte; ninguno que haga sufrir a mis pulmones de Amy Whinehouse; nada que produzca una leve gota de sudor corporal. Resumiendo: no me gusta ningún deporte que tenga que hacer yo. De resto, soy capaz de ver cualquier cosa, unas con más interés que otras, siempre que el sillón sea lo suficientemente cómodo, claro.
Así, imaginen cómo estoy en estos tiempos. Vivo una emoción silenciosa por la celebración de los Juegos Olímpicos, y es un sentimiento que se repite cada cuatro años, desde que tengo conocimiento de su origen (qué quieren, a mí desde chica me entró la perreta con la Grecia Clásica, es un rollo disfuncional que tengo). Además, es de las pocas oportunidades que tengo de ver los deportes que me gustan de verdad: natación sincronizada, patinaje sobre hielo, gimnasia, maratón (si se van a preguntar qué interés puede tener ver a un tipo correr un chorro de kilómetros ahí, sin más, recuerden: soy una trastornada, todo lo que huela a Grecia me pone. Hasta el yogur), tenis, equitación, saltos de trampolín... Les juro que puedo hasta ponerme el despertador para ver una de estas competiciones en directo a las tantas de la madrugada que, como dice mi abuela: "ay, si en vez de por gusto fuera por necesidad, te estarías quejando hasta el fin de los días. Tanto quejarte del fútbol todo el año y luego te levantas a ver esas cosas raras.".
Le explicaría los motivos de mi madrugón, mi pasión por lo helénico, la satisfacción de ver cómo el trabajo da sus frutos, de ver a unos jóvenes luchando por el honor y la gloria, pero en hermandad con sus iguales. Se lo habría detallado tal y como se lo he contado a ustedes, si no fuera porque mi abuela me conoce, y sospecha que ni honor, ni helenismo, ni nada, que no soy tan friki como puede llegar a parecer y que por un buen maromo marcando abdominal madrugo y me quedo pegada a la pantalla los cuarenta y dos kilómetros que dura una maratón. Como una sex and the city cualquiera.
Necesito hacer esta actualización aquí y ahora, a modo de terapia.
Miren, yo estaba aquí tan tranquila, con la biblioteca del iTunes a toda pastilla, mientras ordenaba no sé qué cosa, y en estas que llega el tipo que trabaja ahí al lado, justo cuando estaba sonando "I'm Only Sleeping" y me dice: "Ay, qué música tan chachi estás oyendo. ¿Qué es?".
Joder. ¿Cómo que qué es? ¡Son los Beatles, por el amor de dios! ¡Tienes cuarenta años, pedazo de cretino! ¿Dónde has pasado tu vida? ¿En una cueva del Everest rodeado de amish comunistas sordos? ¡Y deja de fotocopiar carátulas de discos de Luis Fonsi y Diego Torres, por lo que más quieras, que te tienen dañado el cerebro!
Les juro que me dieron ganas de decirle eso a puro grito, y luego poner unos altavoces hacia la calle, y el Revolver en modo repeat, hasta que se le quedaran grabados todos y cada uno de los acordes, y le explotara la cabeza por la sobreexposición. Entonces, me limpiaría un cachito de ojo que habría caído en la punta de mi zapato y, completamente feliz, volvería a mis quehaceres estanqueriles, tarareando Got to Get You Into My Life.
Pero no. Sólo le dije: "Sí, está curioso. Es un grupo de los sesenta". A lo que él respondió: "Ah, es que eres medio Jipi, tú".
Hoy me mato.
No había vídeo decente, así que toca una presentación de fotos medio cutre.
Y eso. Es lunes, así que al golpito... Oigan
PD: Fin de semana de lujo, de encuentros y reencuentros. Lástima que una ya no tenga edad ni medida ;-)
Desde jovencita aprendí a admirar el terrible esfuerzo de los autores de cuentos para niños. Me parecía encomiable que un escritor renunciara a buscar la fama y el éxito literario por enseñarnos que la vaca muge, el pollo pía, el perro ladra y nuestra mamá nos mima. Pasados los años, sentí esa misma admiración por los escritores de los libros en inglés que nos mandaban en el instituto, que en vez de intentar desbancar al Ulises de Joyce como obra cumbre de la literatura del siglo XX, eligieron ilustrar a los jóvenes de mi generación con engendros como The Face on the Screen, para que luego no tuviéramos problemas a la hora de intentar comprar unos pendientes en Candem Town.
Esta semana he vuelto a tener ese sentimiento, pero esta vez no ha estado relacionado con la literatura, sino con la ciencia. Esta vez han sido unos señores, muy serios y estudiosos, se presupone, que han publicado en American Scientific la noticia que yo, en secreto, llevaba años deseando escuchar: Batman existe. Bueno, ellos dicen que podría existir, así, en condicional, para que una no se haga ilusiones. En lugar de intentar inventar una vacuna para el Sida, el cáncer, o algo así, estos tipos prefirieron pasarse meses investigando si sería posible entrenar a un ser humano normal (como Bruce Wayne), para que llegue a ser un atleta excepcional, un maestro de las artes marciales, un superhéroe humano. Y al final, depués de meses de sesudos estudios, y de lecturas de los cómics y visionado de las películas (qué trabajo tan duro, por favor), parece que sí, que cualquier día de estos puede salir el caballero oscuro de detrás de un callejón a salvarnos la vida y vapulear al maleante.
Les juro por lo que ustedes quieran que para mí ha sido la noticia más agradable de toda la semana (la más triste ha sido la muerte de Stelle Getty, la Sofía de Las chicas de oro). Ahora mi vida tiene otro sentido. Se que mi héroe existe, que puede estar esperándome, incluso que puede estar leyendo esta columna hoy mientras se toma un barraquito. En ese caso, querido, mi e-mail es el que sale ahí debajo.
Les confieso que esta semana estuve a punto de escribir una columna de opinión de las de verdad, de esas que abren debate. Dentro de mis limitaciones, claro. Iba sobre la libertad de expresión, a cuenta de que ya hace un año del secuestro de "El Jueves" por la famosa portada de los príncipes, que por cierto, yo no terminé de enterarme nunca de si el pitote que se montó fue porque decían que el príncipe no había currado nunca ni tenía vísperas de hacerlo, porque los dibujaron desnudos, o por la postura sexual en concreto, que podía ser considerada vejatoria o qué sé yo. Iba a hablar también de las caricaturas de Mahoma, y de que al final fueron los católicos los que pusieron el grito en el cielo (risas, por favor) porque a su Jefe y a su gerente sí que los dibujaban, y hacían chistes y nadie decía ni pío.
Quería hacer un alegato a favor de la libertad de expresión, sin medias tintas. Por una vez iba a posicionarme, a ganarme enemistades y, quizás, algún aplauso, que de todo hay. Quería reivindicar el derecho de los creadores a manifestarse como lo consideraran oportuno, y a sacar a la palestra los temas y opiniones que normalmente se quedan en los corrillos de amigos, en las sobremesas de comidas copiosas o en los cafés de media tarde, por ser considerados de mal gusto. (No pensé que si se quedan en esos ámbitos puede deberse a que, por lo general, nuestro interlocutor sabrá interpretarlo de la manera apropiada, porque nos conoce, no como el lector anónimo, y no va a sentirse ofendido aunque nos metamos con su raza, su religión o su postura sexual favorita).
Iba a intercalar también, para predicar con el ejemplo, algún chiste sobre Madeleine McCaan, y otro sobre el Monstruo de Amsteteen. Llegado ese punto, colocaría estratégicamente un acertijo más viejo que mi abuela sobre las víctimas del terrorismo etarra, y si me ponía a pensar un poco, igual me salía alguno sobre la violencia de género, o sobre el último caso de pederastia. La libertad de expresión es lo primero, y en nombre del humor, que intenta ser la base de este espacio semanal, todo vale.
Al final, me decidí por esto que acaban de leer, que no es gracioso, vale. Pero es que con algunas cosas (sólo con algunas, afortunadamente) no se jode.
Déjense ir. Con calma... Escuchen
Buen lunes.
Toda esa gente que quita los artículos a voluntad, los que dicen frases como "hay que pedirlo a Cabildo", "Eso lo tienen que traer de Península", "Tengo ganas de coger coche, que hace tiempo que no conduzco", todos ellos, merecen una muerte inmediata. O por lo menos unos días de tortura con un sofisticado sistema de poleas medieval.
Yo estaba privada con un proyecto cinematográfico que tenía y que era el que definitivamente me iba a sacar de la miseria económica, vital e intelectual. Esta vez sí iba a ser la buena, era una idea tan genial y la tenía tan desarrollada que ya me veía recogiendo el Oscar, después de comerle los morros a Viggo Mortensen, que era el que me acompañaba a la gala. Y miren que me costó convencerlo de que repeinado para atrás ni de coña, a ver qué pintas son esas, y que la bufanda del San Lorenzo se la dejara en casa, que siempre tenía que estar dejándome en vergüenza cuando salíamos por ahí, esta vez tenía que decidir entre su equipo de fútbol y yo, porque yo no iba a sentarme al lado de un hooligan, y que si seguía con la bobería iba a ir con Carita de Guanche*, que él es más de ONG que de club deportivo.
Bueno, a lo que iba. Que la historia era de una niñera, como la supernany, que se iba a trabajar a la casa de una familia desestructurada de la Orotava de finales del siglo XIX o principios del XX, y enseñaba a los niños a cantar, y a recoger el cuarto, y a portarse bien y todo. Y los llevaba de paseo al parque, porque su padre sólo pensaba en trabajar y trabajar, y la madre no estaba dispuesta a que esos dos niños (dos, eran dos, la parejita) le cortaran las alas y como no quería hipotecar su vida no les hacía ni caso, y así estaban esos pobres niños, abandonaditos, criados por el servicio, como Froilán y Victoria Eugenia, con cara de tristes y haciendo perrerías para llamar la atención. Después había un deshollinador, porque en esas casas grandes siempre había chimenea, aunque no hiciera mucho frío, pero es cosa de las familias de bien, y alguien tenía que limpiarla, y la niñera y el deshollinador tenían un medio lío amoroso, pero lo disimulaban delante de los niños. El deshollinador no era muy listo, pero era un hombre trabajador, que por la noche limpiaba chimeneas y por las tardes vendía cuadros en la plaza. No ganaba mucho dinero, pero le daba para vivir honradamente.
Y entonces la niñera quería tanto a los niños, y los trataba tan bien, y eran tan felices cuando salían a pasear con el deshollinador, que parecía que los niños se iban a quedar con ellos para siempre, pero en estas los padres se daban cuenta de los injustos que estaban siendo, y de que la familia es lo primero, y de que se estaban perdiendo los mejores años de los chiquillos, que al padre no le importaba quedarse sin trabajo, y les hacía una cometa y los llevaba a pasear al Puerto, que queda cerca y hace buen tiempo.. Y los chiquillos, tan desagradecidos, se iban, chiflados con el juguete y pasaban de la institutriz, pero ella tenía un alma tan noble que lo entendía, y se iba sin un reproche, y sin decir adiós ni nada, con la satisfacción del deber cumplido, a buscar otra familia desestructurada que salvar.
Y van y me dicen en el registro de la propiedad intelectual que eso ya existía, que se llamaba Mary Poppins, y que no tuviera caradura, que lo de cambiar Londres por la Orotava se notaba un huevo.
Y ese es el problema fundamental. No es que yo tenga problemas de creatividad, es que ya está todo inventado, coño.
*"Carita de Guanche", es una marca creada por Sinaja. Todos los derechos reservados, incluído el de roce esporádico, si se diera o diese el caso.
ya me hice una cuenta en el feisbuc ese. ¿Y ahora qué?
Ahora lo que está de moda es el tuenti...
Una vez le di clases particulares a un elemento que pensaba que la luna tenía forma de plátano. Así, como lo oyen. No sé si es que nunca había visto la luna llena o es que ni siquiera se paró a pensarlo. Para él, una frase "es cuando juntas muchas palabras, o pocas, y entonces tienes un conjunto, o sea una frase" (sic). Yo, al principio, me reía de las ocurrencias, pero luego me di cuenta de que no tenían nada que ver con el ingenio del chaval, más bien con su carencia del mismo. Y me puse a pensar en las burradas que podíamos cometer nosotros en clase, para intentar ser un poco más indulgente, pero ni por asomo le llegaban a la suela de los zapatos. Después de ese (que ahora trabaja para el Estado, no les digo más) he tenido varios alumnos más, y la verdad es que no han hecho que me reconcilie precisamente con esa especie distinta que forman los adolescentes. No quiero que se convierta este espacio en una charla derrotista sobre la poca esperanza que debemos depositar en las nuevas generaciones, porque de todo habrá. Conozco adolescentes interesados por la música, la lectura, las ciencias, las artes, pero, lamentablemente, son los menos en mi entorno. Y ojo, tampoco quiero decir con esto que a esos les vaya a ir mejor en la vida, ni que sean mejores personas, ni nada de nada.
Podría parecer que me reencarno en mis padres, y en su generación, y que pongo el grito en el cielo, anunciando el desastre, cuando lo que se nos viene encima no es un desastre en sí, sólo un cambio de maneras de ver el mundo, de interactuar con él y con los demás, una remodelación, a fin de cuentas, ni mayor ni menor que la que protagonizamos y estamos protagonizando aún los que rondamos la treintena. Si algún adolescente está leyendo este espacio ahora pensará: "bah, la carca ésta, que no se entera. Chiquita tremendista. Lo que pasa es que no sabe vivir". Y puede que no esté equivocado. Puede que deba confiar en ellos, en su desinterés por el mundo exterior, en sus politonos de bachata o reaggetón, en sus peinados calcados a lo Fernando Torres. Casi lo consigo una vez, era una mujer nueva, no los juzgaba, me llevaba bien con ellos, vivía y los dejaba vivir. Hasta que caí en la cuenta de que era esa raza la que me tendría que mantener tras mi jubilación y presa del miedo, salí corriendo a abrirme un plan de pensiones. Por las dudas.
El otro día estaba viendo uno de esos programas de reportajes de gente que vive en condiciones infrahumanas en medio de una gran ciudad, tribus urbanas, personas con dos parejas (vaya sufrimiento, como si no les bastara con una), seguidores de religiones extrañas y tal. El programa trataba sobre una gente que se había emperretado en que la virgen se les aparecía en no sé dónde, y allí se iban en procesión, porque una señora con cara de sicópata se lo había dicho. Le entregaban todos sus ahorros a la gurú en cuestión, y a partir de ese entonces vivían por y para las apariciones de la virgen y seguían las enseñanzas y mandatos de la sacerdotisa a pies juntillas, como si fuera una Elena Francis del nuevo milenio. En el reportaje salían también los familiares de los afectados, indignados porque nadie hiciera nada para proteger las débiles mentes de los fanáticos y sus finanzas, y desesperados, porque para ellos era incomprensible que alguien se dejara todos sus ahorros, su vida familiar y laboral y su salud mental adorando no ya a la virgen, sino a una señora de edad que decía que la virgen le había dado un recadito.
Por otro lado, y al par de días, los telediarios abren sus ediciones con la noticia de que el iPhone por fin está en España. Veo colas de geeks delante de las tiendas de la operadora elegida por el dios Jobs, con los billetes en el bolsillo; faltando a su trabajo, desatendiendo sus obligaciones familiares y con un extraño brillo en los ojos, como de estar medio en trance; dispuestos a firmar un contrato que los atará a la secta telefónica por un periodo determinado de tiempo, durante el que estarán obligados, además, a pagar cierta cantidad mensual. Pienso para mis adentros que no hay muchas diferencias entre los unos y los otros, y pienso, también, en si me gustaría tener uno de esos cacharros. Seguramente sí, adoraría formar parte del grupo, limpiar su pantallita táctil con una gamuza especial que sólo vendieran en las tiendas de Apple, sacarlo para leer mis mails en el tranvía, buscar mi calle en google maps. Pero pienso también en el precio que eso tendría: me imagino a mi abuela dando su testimonio en Callejeros, pidiendo que alguien haga algo para librarme de esa locura y admito, definitivamente, que ese es un precio que no pienso pagar.
Lo voy a decir una vez, y no lo pienso repetir. En el 99% de los casos "¿Qué tal?" o "¿Qué hay?" es una pregunta que no requiere respuesta. Eso es algo que todos deberían saber. Que yo utilice esa forma de saludo no les abre a ustedes la puerta de la incontinencia verbal, no aprovechen ese resquicio legal. Puedo formular esa pregunta sin que me interese en absoluto lo que usted va a contarme, de hecho, es lo que sucede en ese 99%. No digo que no pueda usted formar parte del selecto 1% restante (amigos, familia, Viggo Mortensen, Clooney), pero es más probable que sea uno del montón, en cuyo caso deberá limitarse a responder con un sencillo "Buenos días/tardes/noches", o con un cortés "Muy bien, ¿y tú?".
No lo digo más.
Me dejó tan bobita Madeleine Peyroux el sábado que, fiel a mi vocación de servicio público, no puedo dejar de compartir esto con ustedes. Bueno, por eso y porque no se me ocurría qué colgar en este lunes musical :-p
Este año, muy a mi pesar porque eso significa que madrugo, he vuelto a recuperar una costumbre que tenía con mi abuelo: ver los encierros de San Fermín en directo. De adolescente no me planteaba nada, sólo eran cinco o diez minutos con los corazones en vilo deseando que terminara aquello para poder comentarlo con el viejo. Ahora que ya no tengo con quien hablar de los resbalones en Estafeta, es cuando he podido pensar en la fiesta en sí. En todas las fiestas. Todas las celebraciones de nuestro país tienen un lado siniestro, de tragedia. Siempre hay un héroe, uno que gana, y un perdedor, uno que resulta humillado (a menudo un animal, pero no siempre). No me estoy posicionando del lado de los antitaurinos, ni mucho menos, porque a mí las corridas de toros me gustan (no soy mala, pero tengo eso), aunque no dejo de reconocer que pueden parecer una salvajada a ojos de quien no sepa o no quiera entender su estética o su belleza. Y no voy a negar tampoco, y es ahí a donde quería llegar, que a las fiestas de este tipo se las pueda calificar de todo, de heroicas, de épicas, de gloriosas, pero no de alegres. Y sí, también creo que esas celebraciones son una metáfora de lo que somos: mayormente unos bestias. Ya lo decía Max en Luces de Bohemia: "España es una deformación grotesca de la civilización Europea". Aunque ahora que lo pienso, lo de los ingleses corriendo ladera abajo detrás de un queso de bola muy normal no me parece, pero bueno...
Desde febrero a diciembre hay un extenso catálogo de brutalidades disfrazadas de festejo: el toro embolao, la cabra desde el campanario, los que se fríen a tomatazos, los propios Sanfermines, la Rapa das Bestas... Para que luego digan que en mi pueblo somos brutos. Allí, por lo menos, sólo nos lanzamos a un charco lleno de agua cuando suena un volador, y todos tan contentos. Ah, es verdad, amagamos con cagar a pedradas al que meta un pie en el agua antes del petardazo, pero eso es un detalle sin importancia. Los otros son los salvajes.
¿Se acuerdan de Doris, el pescadito que acompañaba al padre de Nemo a buscarlo por esos mares de dios? Era un personaje en el que el rasgo característico de los peces, la mala memoria, quedaba de manifiesto de una manera descomunal, era incapaz de recordar nada por más de tres segundos y eso la dotaba de una gracia particular. Yo tengo una amiga que no se cansa de compararme con el pececito en cuestión, como tampoco se cansa de sufrir mis olvidos (es que tiene una paciencia, la chica, que ni el santo aquel... ¿cómo se llamaba? Bueno, es igual).
Yo he intentado poner cartas en el asunto, en serio, pero no hay nada que hacer. Y visto que no puedo remediarlo, le busqué una explicación científica, que puede que no sea muy útil, pero ¿y lo bien que voy a quedar desarrollándola? Bien, al grano: mi cerebro es como un ordenador. Tiene un procesador, más o menos limitado, un ventilador para cuando se recalienta, un monitor, una cantidad de memoria RAM y un disco duro de una capacidad concreta. Como en cualquier máquina de este tipo, el rendimiento está supeditado a las características del sistema, y su capacidad de almacenamiento también. Pongamos que usted tiene en su PC de sobremesa un disco duro de 150GB y quiere bajarse, previo pago del canon, la discografía completa de Frank Zappa, la de Barry White, la colección de películas de Marisol de Cine de Barrio y la banda sonora de Sor Yeyé. Pongamos también que usted tiene dedicada una cantidad concreta de megas a actividades imprescindibles para el funcionamiento de la máquina. Por lo tanto, si quiere archivar sus nuevas adquisiciones, se verá obligado a eliminar cosas superfluas. En el caso de mi cerebro, ocurre de una manera similar. Mi capacidad de almacenamiento es limitada y mi ansia de acumular insaciable. Tengo reservada parte del disco duro para cosas imprescindibles: los nombres de todos los caballeros del Zodíaco, de todos los alumnos de Hogwarts, de todos los novios de Ana Obregón (por orden cronológico y alfabético) y cosas así. Luego también están cosas más mundanas, como la dirección de mi trabajo, la cara de mi abuela, los años que tengo, etc. Cada vez que intento almacenar una nueva información, me veo obligada a borrar un dato ya grabado, y puestos a elegir, prefiero cargarme el último recado que me dio mi amiga (urgentísimo e importantísimo) que la sintonía de las series de mi infancia. Es así. No es que tenga mala memoria, es que selecciono muy bien lo que quiero recordar.
Son varias las cosas que tengo que agradecerle a Mónica Torres esta semana, pero públicamente quiero agradecerle sólo una. Hoy me ha acercado al paraíso de la cultura y del saber mediante un descubrimiento fundamental.
Y yo voy a compartirlo ahora con todos ustedes. El saber universal a un sólo click.
De nada.