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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2007.
Resumen
 -¿Algo más? -No -Son novent... -¿Cuánto es? -(suspiro) -Noventa y cinco céntimos -¿Cuánto? -¡Noventa y cinco céntimos! -¿Nueve con cinco? -No... ¡Noventa y cinco! -¿Veinticinco? -No... ¡Noventa y cinco...! ¡Noventa y cinco céntimos! -No me entero, señorita -¡Noventa y cinco miserables céntimooos! -¿Noventa y cinco? -¡Sí! Noventa y cinco putos céntimos de mierda. -¿Tiene cambio de cincuenta? -... Tengo la impresión de estar pasando por un bache intelectual. Esta semana, un día antes de entregar este rincón semanal, no tenía ni idea de qué hablarles. Empecé a pensar: “-A ver, ¿qué cosas has hecho estos días? Errr… leer, ver pelis y series, currar (o algo), echarme unas cervezas, irme de compras, jugar al Trivial… Ahí lo tienes. Escribiré sobre el Trivial, que eso salía en un test de friki que hice una vez”. Lo que ustedes no saben es que muchos de estos rincones, en virtud de mi inseguridad congénita, pasan primero el filtro de una amiga muy sabia que yo tengo. Ella tiene casi siempre la última palabra, y cuando le pregunté por la conveniencia del tema, mi gozo en un pozo: “-el Trivial no es friki”, sentencia. “-¿Por qué no escribes sobre el campeonato mundial de parchís? Es lo más friki que he visto en las últimas semanas, y seguro que puedes consultar las imágenes en Internet”. Las siguientes cinco horas las pasé imaginando los horrores que podría encontrar cuando introdujera las palabras “campeonato de parchís” en un buscador y créanme si les digo que lo que allí encontré superó con creces mis expectativas: miles de personas de toda Europa, vestidas de su color favorito, con sombreros cónicos amarillos, rojos, azules y verdes, que se alimentan durante un fin de semana con platos de esos mismos colores (no quiero ni imaginarme cómo conseguirán un alimento azul) y que compiten en varias rondas por hacerse con el gran premio, que consiste en un banco artesanal con parchís incluido y un lote de regalos de los comercios locales.El campeonato de este año lo inauguró la cónsul de India (vaya usted a saber por qué) y se hizo con el trofeo una pareja de Dos Hermanas. No de dos hijas de la misma madre, y perdón por el chiste fácil, sino del pueblo de Sevilla del que también salieron Los del Río y La Macarena, Carlos Jesús el descubridor de Raticulín, y el inefable Niño del Meshero. Para colmo, los hijos de esta pareja, que también se desplazaron a Huesca para el certamen, ganaron en la categoría infantil (hijos de gatos cazan ratones).Dentro de no mucho tiempo iré de nuevo a visitar Dos Hermanas. Les prometo fijarme bien y no permitir que se me escapen frikis como éstos. Adiós crisis creativa. Larga vida al Rincón. Siempre me han gustado los cacharritos, con sus botones, sus pantallitas, sus luces intermitentes, rojas, verdes… son como una droga. No importa saber para qué sirven, o que, aún sabiéndolo, no los vaya a usar jamás (mi último capricho, un tester de energía, o como quiera que se llame, que me tuvo privada tres días, aunque sólo lo usé como falso desfibrilador). Muero por tener todas esas cosas que parecen trabajar solas, aunque soy consciente de que tengo esa impresión por mi total desconocimiento de la ingeniería que usan, de las bases que rigen su funcionamiento. Quizás por eso me maravillan tanto, debe ser como el misterio de la Santísima Trinidad, que engancha a los creyentes por lo que tiene de inexplicable.Pero no puedo dejar de confesar que en ocasiones esa misma ignorancia causa mi temor crónico hacia ciertos descubrimientos. Esta semana, por ejemplo, ha visto la luz un carrito de supermercado inteligente. El disco duro del cacharro almacena las cosas que tenemos en nuestra nevera (con la mía no le costará mucho trabajo), las cosas que hemos consumido en otras ocasiones, y vaya usted a saber cuántos datos más, para guiarnos hacia una compra eficiente y eficaz, indicándonos qué productos son los que nos convienen, cuáles tienen más calorías de las que nuestro body se puede permitir, qué falta en nuestra cocina, cuántos hidratos de carbono se van a quedar en nuestras caderas y tal. Hasta aquí todo bien. Me parece perfecto que los fabricantes de carritos se preocupen hasta ese punto por nuestra salud, pero más es pasarse. Resulta que el dichoso carrito, si observa que, pese a sus advertencias, decides coger la bolsa de minichocolatinas y el helado de a litro, se toma la libertad de mandarte un sms, a ver si te hace desistir aumentando tu culpa. Y me pregunto: si aún así decides quedarte con las golosinas, ¿hasta dónde será capaz de llegar? Lo mismo te llama un robot diciéndote: “pedazo gorda, ya puedes ir dejando ese chocolate donde lo cogiste. Y ya de paso, levanta un poquito el culo del ordenador y haz unos abdominales, que falta te hace”. Miedo me da. Mejor se dejaran de tanta bobería y pusieran sus esfuerzos tecnológicos en inventar un carrito al que no se le torcieran las ruedas, ese sí sería un gran avance. En todos los sentidos.Tenía ya elegido el sitio en el que iba a vivir, un enorme piso en la planta baja de un edificio. Parecía fresquito, no le daba mucho el sol y, al ser un bajo absorbería mayor cantidad de humedad de la poca que había en el suelo. Empleé horas en la lectura de manuales de agricultura ecológica y ya conocía la manera más eficaz de tener un huertito que me abasteciera, sin usar mucho agua y reciclando la que pudiera. En marzo, cuando llegó el buen tiempo a esta bendita ciudad, yo dejé la estufa puesta. Al principio al mínimo, pero iba subiendo la temperatura a razón de un grado por mes. Tenía que acostumbrarme a esas temperaturas, cualquier precaución era poca, pero ahora resisto hasta 50ºC sin inmutarme. En ese mismo mes empecé a entrenarme en la piscina, me iba a ir bien, porque así acostumbraría a mi cuerpo a nadar mucho tiempo y largas distancias; podría incluso convertirse en mi único medio de transporte cuando me quedara sola y llegara la temporada de lluvias. Entonces se me ocurrió que podría fabricar algo que me permitiera guardar esa agua de lluvia para usarla, porque la que quedara en los embalses iba a estar llena de lodo, y yo para el agua soy muy fina. Recorté todas las fotos de los glaciares, para poder recordar cómo eran antes del cambio. Y ahora, de repente, tanto esfuerzo, tanta dedicación, tantos meses de estudio y entrenamiento para nada. Que dice Rajoy que dice su primo que es físico, que de cambio climático nanay, que nos dejemos de boberías, que si Paco Montesdeoca (ay, qué antigua) nos fastidió el fin de semana porque nos dijo que iba a hacer sol y cayó la más grande, que no podíamos permitir que unos señores nos arruinaran lo que nos quedaba aquí, porque decían que cada vez iba a hacer más calor y se derretiría todo y en realidad no.Pero no se indignen con estas palabras. No se lo tomen a mal y no se lo tengan en cuenta a don Mariano. Como dirían mis amigos de LAGENDA: “un calentamiento global lo tiene cualquiera”.  Últimamente me falta tiempo para hacer todo lo que me gustaría, o todo lo que debería, así que el otro día, en vez de atrasar el reloj una hora, decidí atrasarlo dos. A ver si así me cunde.
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