Alapryles y Diablitos |
![]() Esto no es un diario
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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2008.
Penélope, la de Serrat, no la Cruz, siempre me ha parecido una de las canciones más sobrevaloradas de la historia de la música en español. La otra también me parece una actriz sobrevalorada, pero eso lo dejamos para otro día. Como les decía, Penélope me resulta cursi y relamida hasta la extenuación, es una de las pocas canciones del Nano que quito inmediatamente si llega a sonar por casualidad. Es cierto que esa melodía almibarada no acabó de gustarme nunca, pero lo que termina de rematarla es la letra y ese fallido homenaje a la Penélope de verdad, la de Ulises, que esa sí que las pasó canutas, esperando al marido ("no, querida, si es un ratito. Si con estos troyanos acabamos en un pispás. Y te juro por nuestro hijo que desde que termine me vengo para casa como un tiro, nada de entretenerme por ahí con Menelao de cañas, y mucho menos con Aquiles y Patroclo, que para mi gusto son medio raritos"). La otra se queda sentada en un banco en la estación, durante cuarenta años o así, como una simplona, en vez de esperar en su casa, que seguro que estaba más cómoda. Y cuando llega el maromo se nos pone tiquismiquis, la muy chiflada, y dice que nanay, que está demasiado viejo, y que ella así no lo quiere, con esas canas y esa barriga y eso, que ella lo que quiere es al veinteañero lampiño que se fue un día, (cómo no se iba a ir, viendo como andaba de la cabeza la buena mujer). Total, que después de todo ese tiempo esperando, cogió su bolso de piel marrón, y su bikini de rayas y se fue por fin a su casa a regar las flores del jardín y a darle de comer a los gatos (seguro que tenía trece, por lo menos). Y los muchachos del barrio la llamaban loca, y unos hombres vestidos de blanco le dijeron: "ven"... Sí, ya sé que esa canción es de Perales, y que la cantaban los de Mocedades, pero yo creo que hablaban de la misma pirada. El caso es que volví a acordarme de esa canción el otro día, en el estreno de Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal. Indy volvió y como en la canción, no era así su cara ni su piel, pero a mí ni falta que me importa. Para criticarlo ya hay por ahí más de una Penélope insatisfecha, en forma de friki fundamentalista, que reniega del campeón como si por ellos no hubiera pasado el tiempo. Cogerán también su bolso, se irán a su casa, y seguramente cambiarán al Doctor Jones por un Jack o un Sawyer de Lost cualquiera. Desagradecidos. Schadenfreude es una palabra alemana sin traducción al español que quiere decir algo así como “alegría por la desgracia ajena” (fíjense qué eficientes, los guiris, que dicen todo eso con sólo una palabra. Impronunciable, eso sí, pero una, a fin de cuentas). No hay que confundirla con la envidia, que es el sufrimiento ante la felicidad ajena, y que vendría a ser casi lo contrario. El otro día, en el lugar donde estaba cuando se mencionó ese sentimiento, hubo un murmullo de horror, de desaprobación, como si todos fueran angelitos del cielo, como si nadie hubiera sentido schadenfreude en la vida. ¡Ja! Cuando alguien se cae a mucha gente le hace gracia, otra cosa es que se esfuercen en contener la carcajada, más que nada por si el golpe no ha inutilizado del todo al individuo y aún le quedan fuerzas para levantarse y meternos un viaje. La mayoría del humor se basa en desgracias ajenas, y aún en las propias, Pero, hablando más personalmente, yo, por ejemplo, me sentiría más feliz de lo que ya soy si mi vecina un día pisara con sus sandalias una de las enormes deposiciones que su perro deja en la acera y que ella jamás recoge. Igual yo soy un poco peor persona que los que murmuraron en esa ocasión, porque reconozco haberle deseado cosas jodidas a gente con la que en algún momento tuve algún encontronazo. Por ejemplo, una vez que me dieron calabazas y que el susodicho me llamó, meses más tarde (¡a mí!) para contarme que una chica lo había mandado a freír bogas (¡a él!). En ese momento llegué al borde de la felicidad, lo juro. Experimenté el schadenfreude más grande de mi vida, una ristra de schadenfreudes, y la pueril sensación de que el Universo entero estaba de mi lado. Realmente la envidia es un sentimiento horrible, que no le deseo a nadie, aunque me haga sentir el schadenfraude más maravilloso del mundo, pero este sentimiento, digan lo que digan, es una maravilla, un placer sublime que todos hemos sentido alguna vez, aunque no muchos se atrevan a reconocerlo. El que esté libre de Schadenfreude que tire la primera piedra. Pues eso. Ya pondré una (o más) entradas al respecto. Es peligroso poner el iPod con la reproducción aleatoria activada porque, de repente, puede salir la canción que menos te esperabas, la que menos necesitas. Y te jode el día. A mí no me gusta nada, (pero nadanada) Marlango Tengo la tele encendida mientras no-trabajo delante del ordenador. Oigo: "Kinder Joy patrocina Hospital Central" y no puedo evitar una sonrisa. Detrás de ese absurdo seguro que hay un planificador de medios descojonándose del mundo... A ver si nos vamos enterando: los refranes y las frases hechas están muy bien para usarlos en el momento oportuno. Es la manera en la que los cortos de reflejos y los de pensamiento lento podemos demostrar un poquito de ingenio de vez en cuando, por eso yo misma tengo un extenso repertorio, heredado de mis abuelos, y hago uso de él en cuanto tengo oportunidad. Aparte de hacernos parecer ingeniosos, nos libera del enorme yugo que supone tener que construir una frase entera como respuesta en una conversación que nos está produciendo un tedio absoluto. Pero no hay que pensar que lo que dicen sea cierto. No es verdad, por ejemplo, eso de que lo que no te mata te hace más fuerte, o lo de que lo que no mata engorda y en la barriga no estorba. Un macetazo en la cabeza puede no matarte, pero de ahí a hacerte más fuerte... igual te deja más lelo que al tonto de mi pueblo; de la misma manera que un vaso de agua de un grifo de una calle de El Cairo puede no matarte, aunque engordar, lo que se dice engordar, no creo que te haga engordar mucho una gastroenteritis de esas que te dejan pensando por qué agujero vas a empezar a perder tu dignidad. ¿Y que me dicen de esa que dice: "el niño que nace barrigón, ni aunque lo fajen de chico"? Usada metafóricamente tiene un pase, pero qué quieren que les diga, literalmente me parece hasta un poco fascistoide. Lo que quiero decir con todo esto, lectores, es que las cosas casi nunca hay que tomárselas al pie de la letra. Las palabras existen para jugar con ellas, y detrás de una palabra desagradable puede existir una muestra del más profundo afecto, lo mismo que detrás de un texto cargado de mala leche, de generalizaciones y de estereotipos puede haber un intento, más o menos eficaz, de reírse del mundo. Sólo hay que saber verlo de la manera apropiada. Y termino aquí la columna de esta semana, porque lo breve, si bueno, dos veces breve. ¿O era al revés? Aunque no soy una forofa de los programas de mensajería instantánea (está bien, llamemos a las cosas por su nombre: cada vez odio más el Messenger), tengo que reconocer que lo uso. Al principio, cosas de mi desorden neuronal, tenía todos los contactos ahí, apiñados, como los tertulianos de aquel programa de la tele local. Pero a medida que fue aumentando la cantidad de agregados, surgió también la necesidad de organizarlos, porque aquello era un sindiós. Una persona normal habría usado las categorías existentes en el programa: amigos, familia, compañeros de trabajo, pero yo no pude y los clasifiqué por el grado de agresión visual o intelectual al que me sometían sus nicks, para así gestionarlos mejor, en función de mi variable estado de ánimo. Están los que te cuentan su vida, tipo "¡por fin acabé la carrera!", "paseando al perro", "qué finde tan total" y así. No se dan cuenta de que si uno quisiera saber, le preguntaría y ya. También están los idiotizados por el amor, que les encanta pregonar a los cuatro vientos lo felices que están con su relación, incluso suelen acompañar las frases edulcoradas tipo "y zarpé de tus manos rumbo al cielo" con la fecha en la que empezaron el idilio. Luego los resentidos, los que incluyen en su nick una indirecta-directa a alguien con quien han tenido algún encontronazo: "Agua que no has de beber, déjala correr", "vete de mi vida, pringado"... Aquí podemos encontrar una subcategoría, muy interesante de analizar: los resentidos superados: "los errores no se eligen", "más feliz que nunca", "ahora estoy en mi momento". Parece que a éstos últimos les echaron en el agua unas gotitas de autoconvencimiento, como hormonas a los pollos. Y por último, los mejores de todos. Los que adornan su nombre con floripondios, y usan letras de colores degradados. Son esa clase de gente a la que uno se imagina en un coche tuneado, con reaggetón a todo volumen y el zapatito del ahijado colgando del espejo retrovisor. A estos, directamente, los coloco en mi categoría favorita, la que mejor encaja en mi carácter: la de los no admitidos. El sábado fui medio camino hasta La Esperanza cantando El show de perro salchicha y El brujito de Gulugú, esta última entre dientes, porque me mandaron a callar como siete veces. Por la tarde estuve viendo los extras del DVD del cuarenta aniversario de Mary Poppins y cambiando de posición mis muñecos de Los increíbles, aquellos que regalaban por la compra de un Happy Meal en Mc Donald's. El domingo por la mañana fui al circo. El lunes por la noche hice trampas para poder ver Alicia, en vez de CSI. Definitivamente, creo que sí. Que estoy madurando. Los de marketing de Nintendo tienen un plan. No tengo argumentos para fundamentarlo, pero es así. ¡Qué carajo!, sí que tengo argumentos. Les cuento. De todos es sabido que el sueño oculto de todo friki que se precie es dominar el mundo (si no lo sabían, de nada, para mí es un placer que esta maravillosa columna semanal los esté llevando hacia la luz). El friki está en su casa, sentadito delante de su ordenador o de su videoconsola, intentando pasar desapercibido para el resto de la gente, haciendo como que está desaprovechando la inteligencia que se le presupone matando bichitos espaciales y fundiendo civilizaciones de la tierra media o de por ahí, cuando en realidad, lo que está haciendo es entrenándose para la gran batalla, la que lo llevará a él y a otros pocos elegidos a hacerse con el poder absoluto. Ya conocen el sentido de la vida, del Universo y de todo lo demás, pero, por culpa de la globalización del frikismo, la respuesta, 42, ya la conoce hasta Yola Berrocal. Por eso siguen esforzándose en su entrenamiento diario: sesiones de Twiter, Tuenti, Myspace; aportaciones continuas a la Wikipedia, como método para controlar el saber; eternas batallas en WOW... Todo controlado para dar el gran golpe final. No tenían miedo de que los "normales" pudieran plantarles cara algún día, ellos tenían una vida propia, algo de lo que carece el auténtico friki, que ha renunciado a ella por ir en pos de un bien mayor. El "normal" tiene más cosas de las que ocuparse: tiene que vestirse apropiadamente, gestionar de manera eficiente su vida social, participar en los rituales de cortejo... demasiadas cosas para además dedicarse a entender el mecanismo de ese aparatejo conectado a la tele que no sirve más que para matar bichejos inexistentes. Pero a los señores de Nintendo les dio por la democratización de las videoconsolas. El friki vivía muy feliz pensando que ningún "normal" iba a interesarse jamás por su aparato de entrenamiento fundamental, hasta que le llegó el golpe en la cara. Primero, en forma de Nintendo DS, con su Braintraining y luego la Wii, con su Wii sports y con su Wii Feet, han conseguido que hasta mi madre se interese por las consolas en su centro carrefú más cercano (no conoce todavía la Meca, el Centromail). De ahí a cogerle el gustillo y pasarse hasta las cinco de la mañana pasando fases del Baldur’s Gate, va un paso. Así que una recomendación: vigilemos de cerca los movimientos de Nintendo. Han desvelado nuestra arma más poderosa, y pretenden ponerla al alcance de cualquiera. Míralo, ahí viene, todo arregladito, perfumado y lleno de energía. Como si fuera un niño en el primer día de colegio, lleno de ganas, con una sonrisa en la cara y con aire de triunfador. ¿Lo ves? Fíjate como en vez de acercarse lentamente casi arrastrando las piernas, al mismo paso que los demás, parece que viene atropellando, como el que quiere llegar antes, sabiendo la alegría que va a provocar en el que lo recibe. Y pensar que cuando se vuelva a ir estará con cara larga, deprimido, gris, odiado por todos... El ser humano es profundamente desagradecido. Y además nunca aprende, se le olvida todo, como si sufriera un repentino ataque de amnesia que lo borra todo y lo envuelve en una nebulosa oscura que sólo se va aclarando con su llegada y que lo convierte en un extraño con todo lo que hay a su alrededor. Míralo, ahí viene, vestido de fiesta. Desde aquí da la sensación de venir alborotado, trayendo detrás miles de aventuras, de cosas que contar, y yo lo espero como si fuera la primera vez en la vida que viniera. Pero sé que desgraciadamente, esa misma alegría, esa emoción contenida, esa ilusión infantil se transformará en indiferencia, mal humor y bronca en un par de días la verlo partir, mustio, triste, gris, convertido apenas en la sombra de lo que fue. Siempre se dice que no apreciamos lo que tenemos hasta que lo perdemos, que no es hasta ese momento cuando sentimos imperiosamente su necesidad y valoramos su presencia. Por eso, renovamos las ganas y vamos a la puerta a verlo llegar, a recibirlo como si nada, sin cargo de conciencia ni remordimientos porque sabemos que aunque lo hayamos despedido de mala manera la última vez, él va a venir de todos modos. Sin preguntas, sin reproches, leal y fiel a su cita. Sabe perdonarnos, porque nos conoce mejor que nosotros mismos. Y ahí llega, ya lo estoy viendo. Bendito Fin de Semana. Acaba de venir Flanders a intentar venderme "una fotocopiadorcita". Tenía que compartir este momento. En realidad, lo que Silvio Rodríguez quería decir era "Anda y que te den, pedazo de cabrona, no quiero volver a verte ni en pintura. Y ahora me voy a buscar una rubia de 20 años que tenga las tetas más grandes que mi cabeza". Lo que pasa es que no le rimaba con "ojalá que no pueda tocarte ni en canciones". El día que la selección pasó de cuartos de final marcó un antes y después. No en la historia del deporte, al fin y al cabo, la historia la escriben los que ganan y ellos se habían quedado encajados en las semifinales contra la selección de Tombuctú, sino en la historia del periodismo (ahora que lo pienso, los periodistas también escriben su propia historia). Todos los redactores de deportes, los comentaristas, los documentalistas y un ciclista que pasaba por allí se quedaron sin tópicos, sin frases hechas, sin victimismos, sin titulares recurrentes y tuvieron que ponerse a pensar. Así, de golpe, cuando ellos lo único que habían hecho en su vida laboral era cambiar un par de nombres propios (y ligarse a la hija de una conocida presentadora de televisión, pero quedaba feo ponerlo en el currículum). Tardaron días en saber qué decir. Tanto, que cuando supieron cómo narrar el triunfo (lo habían copiado y traducido de la prensa finesa, que siempre ganaba ese tipo de competiciones), era la hora de contar la derrota. Para eso sí tenían verbo. Al más puro estilo Eva Hache, un beso para todos los periodistas deportivos Yo tengo una relación de amor-odio con mi teléfono. No puedo vivir si él, pero no son pocas las veces las que me dan ganas de estamparlo contra la pared más cercana. Todos los años, por estas mismas fechas, me pasa lo mismo. De repente, empiezo a recibir en mi móvil muchas más llamadas de las habituales, que ya son, créanme, muchas más de las que me gustaría recibir. Las primeras veces, el aumento de llamadas hizo que me subiera la moral y la autoestima. Me agradaba recibir llamadas de gente con la que no hablaba demasiado el resto del año, aunque eso supusiera salir por unos momentos del caparazón antisocial en el que me siento tan feliz. Lo malo fue cuando empecé a notar cosas raras en esas llamadas: todas tenían lugar o los fines de semana (lógico, la gente tiene más tiempo libre, y se dedican a cultivar amistades) o después de las diez de la noche (esto ya no me parece tan lógico. Las diez de la noche ya no son horas para estar en casa ajena, que diría mi abuela, y una llamada de teléfono es una clarísima intromisión en tu vida, no me lo vayan a negar ahora). Además, las llamadas se alargaban innecesariamente, a la vista estaba que el interlocutor tenía tantas cosas que decirme como las que a mí me apetecía decirle, es decir, un número distinto de cero, pero inferior a uno. Después del cómo estás, qué tal va todo, venía la pregunta inevitable: ¿hace frío en La Laguna? En invierno es innecesaria, (obvio que hace frío, si no, sería Santa Cruz) pero en verano es completamente absurda (¿qué se creen? ¿Qué vivo en Siberia?). Este y otros detalles por el estilo me pusieron sobre la pista y empecé a sospechar. La confirmación vendría un par de días más tarde, cuando, usando el gasto del que me llamaba como pretexto para acabar de una vez por todas con aquella farsa de conversación, me respondió sin pizca de rubor: "no te preocupes, si por eso te llamo, es que tengo las llamadas gratis". Así que una vez más vuelvo a usar esta columna para una petición personal: si lo que quieren es hablar por hablar, pues llamen ustedes a la SER, que igual la llamada les va a salir gratis, y se adapta perfectamente a ese horario de lechuza en el que parece que se les despierta su verborrea más feroz. A mí, por favor, déjenme vivir con alegría. Algunos dicen que mi incultura pictórica y mi incapacidad para hablar de arte en general (que, por otro lado, es inversamente proporcional a mi capacidad para hablar de cualquier otra estupidez) es porque en COU, entre Latín y Griego o Historia del Arte, yo elegí a Esopo, y al faltarme ese primer contacto adolescente con la pintura y la escultura, no aprendí a valorar ese arte en su justa medida. Yo tengo claro que no es por eso, en primer lugar porque a mí hay cuadros que me gustan, y esculturas que también (de hecho, el David de Miguel Ángel me gusta mucho, creo que es el hombre perfecto: está muy bueno y no habla ni se queja). En segundo lugar porque, como ya he dicho en este rincón en alguna que otra ocasión, a mí lo que no me gustan son las exposiciones, todas esas cosas ahí, amontonadas, esperando que alguien las admire, como en Supermodelo. En tercer lugar, podríamos hablar de una experiencia infantil traumática con Saturno devorando a sus hijos, pero no es el momento ni el lugar. La gente tiene la impresión de que no me gustan los cuadros por la sencilla razón de que yo los valoro según dos categorías: la estética y la dificultad, dejando de lado la emoción, que en los verdaderos aficionados al arte es un sentimiento que se produce casi instantáneamente con según qué obras. Pero yo soy demasiado bruta para eso, tengo el pecho de hojalata, a mí no me emocionan los objetos inanimados, ni los atardeceres, ni ninguna de esas cosas que podría provocar un síndrome de Stendhal en un alma menos oxidada y más refinada que la mía. Así, la gran mayoría de las exposiciones me parecen el mayor absurdo que se le puede ocurrir a un hombre. Visitarlas ya, ni les cuento. Me produce un tedio supremo, una pereza absoluta, un profundo desagrado pasearme en silencio por delante de cualquier cosa puesta en una pared o en una vitrina para verla, no más, y al mismo tiempo, me acompleja soberanamente no sentir ese placer emocional que se supone que está sintiendo el resto de visitantes. Pero eso se acabó. Hay una exposición que me emocionó casi hasta la náusea. En palabras del propio Stendhal "me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme". Hay una exposición de tebeos en la Ermita de San Miguel, en La Laguna. ...un poco de guitarreo sano. ..nunca dejan de sorprenderme Hace tiempo que no posteo nada sobre mi vida. Es que no tengo. En los últimos días y por motivos que no vienen a cuento le he preguntado a mucha gente que si participan en algún grupo musical o que si les gustaría hacerlo y la respuesta, en gran parte de los casos, me ha hecho reflexionar. Muchas personas reconocen que les gustaría hacer música, pero que ya no están en edad, y a mí eso me reconcome por dentro. ¿Qué significa no estar en edad? ¿A qué edad tiene uno que dejar de hacer las cosas que le gustan? ¿Para "hacerse mayor" hay que caparse las ganas y las ilusiones? Supongo que tras esa respuesta automática hay algo más, otros motivos en los que el entrevistado no quiere profundizar, pero el tono de la respuesta me entristece profundamente. Dicen "ya estoy viejo" como arrepintiéndose de la oportunidad perdida, de la melena que nunca se dejaron, de los viajes que no hicieron. Pero también con condescendencia, con cierto desprecio hacia una juventud que se le antoja ignorante a sus cerebros oxidados y desengañados que albergan todas las respuestas del mundo, todas las experiencias, todos los desencantos. Y van por la vida de gris. Con una nube negra sobre sus cabezas, porque sienten que ya está todo hecho, que ya no hay nada más por descubrir, que su sueño de llenar estadios con su grupo de rock ya no podrá ser y que la vida es un valle de lágrimas, no sólo para ellos, sino para toda la humanidad. Y como son los únicos que lo saben, y lo saben todo, además, tienen que servir de voceros, y alertar al mundo de la debacle, advertirlos de que abandonen sus esperanzas y sus ilusiones, porque de nada sirven. Lamentablemente, mi trabajo en estos días no consistía en responder, sino en preguntar, y tampoco tengo yo autoridad moral para andarle diciendo a la gente que vivan su vida en vez de morirla. Pero si hubiera podido, les habría recordado el tópico latino collige virgo rosas, que aplicado a esta descarga que les acabo de echar vendría a ser: "cómprese una guitarra, amigo". El estado de euforia en el que se encuentra el país en estos últimos días en que la selección española de fútbol ha pasado por fin los cuartos de final de la Eurocopa contrasta con el mío de una manera tan evidente que me veo en la obligación de explicarlo. Mientras más de medio país anda entusiasmado y arrebatado por los resultados del equipo, yo vivo una tristeza silenciosa, una amargura contenida, porque me siento incomprendida, me siento más sola que nunca y es una espina que ahora que he descubierto me acompañará ya por siempre jamás del mundo y de la vida. No es que a mí no me guste el fútbol. La verdad es que me da bastante igual, aunque reconozco que más que el juego en sí, a mí lo que me interesa es el resultado (parece ser que como a algunos entrenadores). Vaya, que yo prefiero ver los resúmenes que se hacen en los telediarios o enterarme de si el Real Betis Balompié de mis amores ganó leyendo la prensa que aguantar los noventa minutos que creo que dura un partido. No van por ahí los tiros de mi congoja. El problema se parece más a una descompensación en la atención, en el querer. Celos, de los de toda la vida. Como cuando nos daba la impresión de que querían más a nuestro hermano pequeño, el orejón, que a nosotros (completamente falso, en mi caso. Yo soy la favorita). No entendíamos por qué ese hermano feote, pequeño y aburrido se llevaba todas las atenciones del mundo, por qué eran para él las celebraciones, las risas y los aplausos. Por qué a él le festejaban las palabrotas y los malos actos y a nosotros no. Ahora, pasada ya la edad de los celos fraternales, me asaltan los celos informativos. Son portada de periódicos y de revistas y abren noticieros señores disfrazados de rojo, envueltos en una bandera, con bombos y con trompetas. Los dejan bañarse en monumentos públicos y les celebran la ocurrencia. Los entrevistan, y se convierten por un momento en héroes de su barrio, por la cobertura mediática. Pero son tratados como personas normales. Nosotros, los que alguna vez nos hemos disfrazado para asistir a un estreno, los que hemos peleado en la calle con sables de luz para celebrar nuestro día, hemos sido relegados, invariablemente, a la sección de curiosidades, de bichos raros, de freaks. Un poquito de justicia informativa ya, por favor. No hará falta que explique lo increíble que es este interruptor de la luz y por qué lo necesito. (María, ¿crees que pegará con el gran danés que me prometías hace un par de post?) No me creo un carajo a nadie que venga a decirme que hace lo que quiere cuando quiere. A nadie que se me venda como una caja de sorpresas, capaz de hacer cualquier cosa en el momento más inesperado, siguiendo sólo sus instintos (como ponerse a hacer unos spaghetti a las tres de la mañana, darse un chapuzón en pleno invierno...). Todos actuamos según el calendario, lo único que pasa es que cada uno tiene el suyo, sólo hay que pensar un poco para cogerle las vueltas y ya. Nunca volveremos a creernos imprevisibles. Yo, por ejemplo, me he dado cuenta de que esos momentos de crisis existencial, de limpiar los cajones de adentro, de pensar qué coño estoy haciendo con mi vida, y decirme chacha, a dónde vas ligerita, por ese camino no es, no son momentos puntuales, ni necesariamente son fruto de un suceso fundamental que marque la ruta del futuro, para bien o para mal. Mis épocas reflexivas (créanme, a pesar de lo que pudiera parecer, las tengo) son cíclicas, como la economía. Sólo tuve que entenderlas para que no me pillaran desprevenida y me pegaran un susto saliendo de detrás de la puerta de la cocina de madrugada. La mayoría de la gente hace balance en diciembre, con el fin de año, o el día de su cumpleaños, que son las dos fechas que de manera más despiadada nos recuerdan el paso del tiempo. A mí, por el contrario, el 31 de diciembre me deja igual, no pasa de ser un día en el que puedo comer todas las cosas más ricas del mundo, y beber un par de copas de vino más de la cuenta sin que la santa autora de mis días me mire con reproche; mi cumpleaños, igual, sólo que es un día en el que la gente me regala iPods, camisas bonitas, abrazos gratis y pendientes distintos de la suerte. Así, ustedes podrán pensar que pertenezco a esa raza de bohemios a los que el calendario les chupa un pie, pero no se me adelanten. Mi mes fatídico es junio, es el que realmente me agota y me escupe a la cara las carreras del reloj. De la misma manera que me di cuenta de esto, me puse a pensar en la periodicidad de mis crisis, y mis catarsis y establecí de esta manera un calendario particular. Cada mes de junio, cada año de renovar el carnet y, flípenlo, cada Eurocopa, indefectiblemente, un centrifugado en la cabeza, una basurita en el ánimo y, más tarde o más temprano, una limpieza de cajones que a veces, como toda limpieza general, acaba con un buen puñado de cosas que se nos antojaban imprescindibles, separadas y colocadas en el contenedor amarillo más cercano (suelen ser cosas de plástico malo, de poca calidad). Este año, para los que no lo sepan, la Eurocopa, la renovación del carnet y junio vinieron en manada. Disculpen las molestias que el inventario pueda estarles ocasionando. |